Una tarde de verano bajo un intenso sol, la visita de su ex-amante una bella dama recibió.
Escuchen pues la historia de lo que allí aconteció:

-¿A qué vienes?-dijo ella-

-A pedir perdón por mis afrentas, mi abandono y mi traición-contestóle el hombre que una vez
fuera de ella su gran amor.

Ella, que un tiempo fuera la más rica, la más noble,  que su amor un día le entregó, de esta manera,
burlona y con descaro, sus intenciones así le reprochó:
-¡Ja!, conque a pedir perdón, hombre infame a mi casa has venido; respondió; Mientras muy feliz
se abanicaba sentada allí en su balcón, vestida en tul y con encajes, un gran sombrero de ala
ancha, adornado en tela de satín

-Sí, mujer-le dijo el hombre, ahora ante ella casi arrodillado.

-Pues, sepa usted mi ex–amante y compañero, que debiera a lo menos el brindarme más de una y
mil razones; que esta dama, gran señora y de clase, se merece más respeto y una explicación-
dijo ella,  sin dejar de abanicarse muy feliz ni un minuto y prosiguió:

¿No fue usted con mis reales, quien muy bien se divirtió y por días se perdía, sin dar una
explicación?  Diga usted si esta dama que lo amaba ¿alguna vez le reprochó?  Yo le di todo mi
cariño (ejem) y también le di pasión, de mi copa usted bebía aquel vino del amor-seguía ella en su
respuesta.  A usted, mi ex-amante y compañero, nunca nada le faltó, sin embargo, una noche de
repente, sin decir palabras, a esta dama abandonó. ¿A qué ahora este deseo de querer pedir
perdón?-concluyó la dama casi llena de furor.

El pobre hombre que esperaba muy paciente su respuesta, así le contestó:

-Escuche usted a este que una vez la engañó.  Era usted la gran dama, la más rica del salón.  Yo
fingí ser un caballero que de usted se enamoró, pero sólo fui un vil canalla que de usted se
aprovechó. En verdad… yo sólo era el más pobre que nació. Y es verdad que la adulé y engañé su
corazón, sólo por dinero, ¡ese fue mi error!-decía el hombre casi llorando a los pies de su ex-amor.

La gran dama escuchaba su respuesta allí sentada en el balcón, mientras éste proseguía así su
explicación:
-Pero ¿Qué podía hacer un hombre tan pobre como yo?  Mi mujer moría casi enferma y sin plata
pa’ un doctor-decía el hombre entre sollozos.

En este instante, la mujer le interrumpió:

-¡Dice usted que mujer tenía! Vil canalla, ¡con razón! -dijo ella sonrojada y luego sollozó.

-Perdone usted tan distinguida y rica dama, los reales que me dio, fueron pa’ su cura, pero ella, ¡la
mujer que más amaba!, por desgracia entre mis brazos un mal día se murió-dijo el hombre, ahora
de pie apoyado en el balcón.

-Usted me ha engañado, más ya entiendo la razón, pero fue con mis reales que compré su corazón.
Somos dos infortunados, yo le otorgo mi perdón-dijo aquella dama y la espalda  allí le dio.

Pero el hombre, ahora un poco más tranquilo, así le suplicó.

-Oiga usted, mi bella dama, no abandone a este señor. ¿Qué no ve que estando viudo, necesita de
su amor?

La gran dama dio la vuelta y muy sutil le contestó.

-Ya no tengo mis reales, soy ahora la más pobre del salón. Estas prendas, el sombrero y el
vestido, fueron un obsequio que una dama muy gentil, hace poco me obsequió-dijo ella
humildemente y él le contestó:

-No busco ahora sus reales, bella dama de salón, sólo quiero que iniciemos una nueva relación; le
prometo nunca más abandonarla y entregarle el corazón. No hace falta el dinero, que ni es cura y
nada sirve en cuestiones del amor-dijo el hombre muy convencido y ella entonces sí le aceptó.

La dama que una vez fuera la más rica
del salón, al más pobre caballero entregaba ahora
humildemente así su corazón.
-end-

copyright Miriam Ramos
Amor del pobre...
(La dama y el caballero)
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