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Cae la tarde y son las tres y ya inician su rutina  las chicas del ‘café’.  Viene Gina muy de
prisa, la primera en llegar y se sienta a la mesa impaciente a esperar. Al rato entra Lucy  
rapidita al lugar y saluda con un beso a su amiga muy jovial. Se reúnen como siempre en aquel
mismo lugar: “El Café de don Armando” y comienzan a ordenar.

-Como siempre dos cafés, mientras llegan las demás-dice Lucy a la mesera, mientras Gina se
acomoda su cabello una vez más.

Es costumbre de las chicas siempre separar, un instante en sus faenas para sólo platicar. Ya  
llegaron Norma y Estelita, seguiditas al lugar y por fin las cuatro amigas juntas allí están.

-¿Cómo están  mis amiguitas?-grita Norma a las demás.

-Ya se enfría mi café-responde Gina al saludar. Es broma, luego afirma y ríe Lucy sin parar

-¿Qué pasó con tu cabello?-pregunta Gina a Estelita al notar que pelirroja esta vez está.

-Es un cambio positivo-le expresa ésta muy alegre, mientras se acomodan en la mesa las demás.
Era grato aquel momento de las chicas platicar, sobre modas y farándula, aventuras y
penurias, del marido y de los niños, del trabajo y de la vida, desencantos y tropiezos y otras
cosas más;   entre risas y un café y la mente despejar.

Todas eran madres, excepto Gina la más joven y también la rubia singular. Estelita era
atrevida y muy lista por demás, dos maridos ya había tenido y ahora estaba sola una vez más.  

Norma y Lucy eran de familia de la alta sociedad, pero eran conocidas en el barrio y la ciudad,
pues siempre compartían en toda vecindad.

Se conocieron un buen día, en que fueron a marchar, junto a un resto de mujeres, en reclamo
a sus derechos para darse a respetar.  

Desde entonces son inseparables, muy amigas de verdad y a la hora de las tres se reúnen a
charlar. Todas guardan un secreto que no voy a revelar; son las chicas del café que liberan el
‘stress’ conversando sin parar

Miriam Ramos Ramos
Las chicas del café