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Julianne
Se encontraba la bella Pandora, primera mujer regalo de los dioses a los mortales de la tierra,
sentada por vez primera a la orilla de un cristalino río, sola y aburrida. Llevaba consigo un cofre
sellado, regalo de los dioses. Animada por la curiosidad, se dispuso a abrir el mismo para ver su
contenido. Al abrirlo se escaparon siete plagas malignas que llenaron todo el orbe de la tierra,
éstas fueron: Orgullo, Avaricia, Lujuria, Ira, Gula, Envidia y Pereza.

Al percatarse de su error, la bella Pandora sintió miedo, se echó a correr por el valle hasta llegar
a la cima de un monte. Alzó su vista al Olimpo, morada de los dioses y clamó así en alta voz:

“Ay de mí, miserable; culpable soy y seré por el resto de mis días, de generación en generación; he vertido
sobre la faz de la tierra una plaga inmensa, todos los males se han esparcido, todos los mortales me llenarán
de culpas; ¡oh!, dioses ¡tened piedad de mí!… ¿por qué me han engañado así, entregándome tal cofre?”
Lloraba así Pandora sin recibir ninguna respuesta de los dioses.

Las lágrimas vertidas resbalaron por sus mejillas, mientras todos los males y plagas seguían
multiplicándose por la tierra. El ORGULLO, se multiplicaba en VANIDAD, la AVARICIA en
CODICIA, la LUJURIA en DESEOS CARNALES, la IRA en GUERRA, la GULA en VENENO, la
ENVIDIA en SOLEDAD y la PEREZA en APATÍA. Ninguno de los dioses bajaba sus ojos hasta
la bella Pandora, la cual se encontraba totalmente arrepentida.

En su corazón dolido, de esta manera pensaba: “Tal vez no fue intención de los dioses, fue un
error, estoy segura.  Estos males no perdurarán sobre la tierra, sólo serán pasajeros, todo estará
bien”.  Con estos pensamientos positivos, tuvo PACIENCIA y sembró la ESPERANZA en su
corazón, así sus lágrimas se fueron secando poco a poco.

Entonces miró al cielo coronado de nubes y un brillante sol que se alzaba en el horizonte.
También se fijó en una linda pradera a lo lejos y decidió llegar hasta el lugar: “Debo cuidar tan
lindas flores, debo cultivar la tierra”, se dijo para sí e inició sus tareas con suma DILIGENCIA.

Mientras bajaba la colina, observó bellas aves y coloridas mariposas que volaban sobre su cabeza
y pensó: “Son bellas y hermosas, dignas de su belleza y color”, elogiando con suma BONDAD
sus atributos. Una blanca paloma que volaba muy bajito cayó herida a sus pies. Pandora, con
GENTILEZA, la tomó en sus manos y con suma TERNURA la colocó sobre un nido que se
hallaba sobre una rama de un frondoso árbol, que se alzaba a la falda de la colina. “Debo
cuidarla y alimentarla” pensó, “pues son criaturas volátiles e indefensas”.

Prosiguió así su camino y ya se sentía un poco exhausta y hambrienta.  Llegó hasta la bella
pradera que había visto desde la alta colina, donde descubrió un hermoso jardín con variados
frutos y delicias, que podían satisfacer toda el hambre de cualquier mortal. Pero Pandora, con
suma PRUDENCIA y TEMPLANZA, se conformó con ingerir tan solo unas pocas semillas de
higo seco y luego calmó su sed saboreando el jugo de una pequeña naranja que cayó a sus pies.

Estando allí muy sola, sintió en su corazón y pecho un sentimiento antes no conocido. Oscuros
pensamientos entraron en su mente. Sin embargo, la bella Pandora miró al cielo y pensó: “Debo
agradecer a los dioses el haberme mostrado las riquezas de la tierra y elevar himnos en gratitud;
estoy segura de que ellos habrán de perdonarme, si algún mal he traído a esta tierra”.  Su bello
cántico de gratitud llegó hasta las moradas de los dioses del Olimpo, quienes la observaron y
escucharon y se arrepintieron de su engaño, al obsequiarle aquel cofre lleno de maldad. Alabaron
sus virtudes y así le hablaron:


-Pandora, perdona a estos dioses, que así te han engañado. Has sabido compensar y borrar con tus lágrimas
y virtudes, todo el mal repartido por la tierra. Has mostrado paciencia y
humildad,  has sido muy diligente y bondadosa, la caridad ha brotado de tus manos, has sido prudente y
juiciosa. Con gran templanza, tú has obrado y dotado tu corazón con bellos sentimientos. Al final, has
vencido al temor y la culpa; con sabia gratitud elevaste bellos himnos a estos dioses que te miran desde sus
moradas. Mereces tu recompensa y un buen mortal que te sirva de compañero, a quien puedas enseñar y
mostrar todas tus virtudes. Él aprenderá todo lo bueno de ti y habrán de crecer y multiplicarse por toda la
faz de la tierra”.

La bella Pandora conoció al que fuera su compañero por el resto de sus días, plantaron un bello
jardín cerca de la pradera, habitaron una hermosa casa, que ambos construyeron con mucho
esfuerzo, haciendo uso de troncos secos de los árboles.  Luego se rodearon de hermosas aves y
bellas mariposas y un lago cristalino; también cultivaron ricas frutas muy variadas. Una blanca y
hermosa paloma volaba alto y llegaba hasta ellos con frecuencia.


©Miriam Ramos Ramos
Pandora, Un Relato diferente
Mis Prosas